A tres años del huracán Otis, Acapulco enfrenta una nueva amenaza: ciclones cada vez más intensos y destructivos

Acapulco conmemora tres años del huracán Otis mientras científicos advierten sobre ciclones potencialmente más intensos, lluvias extremas y el desafío de preparar al puerto ante futuras emergencias.

9–13 minutos

Acapulco de Juárez, Gro. – Han pasado tres años desde que el huracán Otis transformó para siempre la historia de Acapulco. La madrugada del 25 de octubre de 2023, el puerto enfrentó uno de los fenómenos meteorológicos más violentos registrados en el Pacífico mexicano. En cuestión de horas, los vientos destruyeron viviendas, edificios, hoteles, embarcaciones y buena parte de la infraestructura urbana, mientras miles de familias buscaban refugio ante una tormenta cuya intensidad superó las previsiones iniciales.

Hoy, cuando Acapulco recuerda aquella noche, el aniversario plantea una preocupación que va más allá de los daños que todavía permanecen visibles: la posibilidad de que fenómenos semejantes vuelvan a presentarse en un contexto de calentamiento global, océanos más cálidos y condiciones atmosféricas capaces de favorecer huracanes extremadamente intensos.

La comunidad científica advierte que el cambio climático está modificando las características de los ciclones tropicales. Aunque esto no significa necesariamente que se formen más huracanes cada año, las investigaciones indican que una mayor proporción podría alcanzar categorías 4 y 5, mientras las precipitaciones extremas y los episodios de intensificación rápida representan desafíos crecientes para las regiones costeras.

Para Acapulco, estas advertencias adquieren un significado particular. La ciudad no solamente sufrió las consecuencias de Otis en 2023, sino que apenas once meses después enfrentó las inundaciones y deslaves provocados por el huracán John, en septiembre de 2024, cuando todavía atravesaba su proceso de reconstrucción.

La madrugada que cambió la historia de Acapulco

La noche del 24 de octubre de 2023, Otis alcanzó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson mientras se aproximaba rápidamente a las costas de Guerrero. A las 00:25 horas del día siguiente, el Servicio Meteorológico Nacional confirmó que el centro del huracán había tocado tierra en las inmediaciones de Acapulco, con vientos sostenidos de 270 kilómetros por hora y rachas de hasta 330 kilómetros por hora.

La magnitud del fenómeno sorprendió incluso a los especialistas. En un periodo aproximado de 24 horas, sus vientos aumentaron alrededor de 185 kilómetros por hora, una de las intensificaciones más extraordinarias documentadas en el Pacífico oriental.

Las condiciones oceánicas favorecieron ese fortalecimiento. De acuerdo con el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos, Otis atravesó aguas superficiales con temperaturas de entre 30 y 31 grados Celsius, aproximadamente uno o dos grados superiores a lo habitual para octubre. A ello se sumó una disminución de la cizalladura vertical del viento, circunstancia que permitió al sistema organizarse y ganar intensidad rápidamente.

El resultado fue devastador. Miles de edificios perdieron ventanas, techos y fachadas; numerosos hoteles sufrieron daños estructurales y los sistemas de electricidad, agua potable y telecomunicaciones registraron interrupciones generalizadas. El colapso de las comunicaciones dificultó tanto las labores de rescate como la localización de familiares durante las primeras jornadas.

Según balances difundidos con motivo del tercer aniversario, Otis dejó 68 personas fallecidas, además de decenas de desaparecidas, y afectó más de 274 mil viviendas en Guerrero. Estas cifras reflejan solamente una parte de las consecuencias humanas, económicas y sociales que dejó el desastre.

Tres años después, la reconstrucción sigue mostrando desigualdades

Durante los últimos tres años, Acapulco ha recuperado parte de su infraestructura turística y comercial. Hoteles, restaurantes y establecimientos han reanudado operaciones, mientras diferentes zonas del puerto muestran señales de rehabilitación. Sin embargo, esa recuperación no se ha desarrollado al mismo ritmo en todas las comunidades.

Un reportaje publicado por El Economista el 24 de octubre de 2026 advierte que numerosas viviendas fueron reparadas sin resolver necesariamente las condiciones que las hicieron vulnerables durante el impacto de Otis.

Especialistas en urbanismo consultados por el medio señalaron problemas relacionados con construcciones en zonas de riesgo, deficiencias estructurales y ausencia de un programa integral para proteger asentamientos ubicados en laderas, barrancas y márgenes de ríos o arroyos.

La situación resulta especialmente preocupante porque recuperar la apariencia de una vivienda no significa necesariamente incrementar su resistencia frente a vientos extremos o inundaciones. Si una construcción mantiene materiales inadecuados, carece de refuerzos suficientes o permanece en una zona expuesta, puede volver a sufrir daños durante otra contingencia.

El mismo escenario se observa en algunos sectores económicos. Una evaluación retomada por Expansión este 24 de octubre encontró que ninguno de los pequeños negocios analizados en un programa de recuperación contaba con seguros contra eventos climáticos, lo que evidencia las dificultades para reconstruir también la capacidad financiera de las familias y los comerciantes.

¿El cambio climático está provocando huracanes más poderosos?

Damage is seen at a yacht club in the aftermath of Hurricane Otis in Acapulco, Mexico, Saturday, Oct. 28, 2023. (AP Photo/Felix Marquez)

La relación entre el calentamiento global y los ciclones tropicales constituye uno de los temas de mayor interés para la comunidad científica. Durante décadas, los investigadores han estudiado cómo el incremento de las temperaturas oceánicas modifica la energía disponible para la formación y el fortalecimiento de estos sistemas.

Los huracanes obtienen buena parte de su energía del océano. Cuando el agua superficial alcanza temperaturas elevadas y existen condiciones atmosféricas favorables, puede alimentar tormentas intensas mediante la evaporación y liberación de calor durante la condensación del vapor de agua.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) señala que probablemente ha aumentado la proporción mundial de ciclones tropicales que alcanzan las categorías 3, 4 y 5 durante las últimas cuatro décadas. Asimismo, sus evaluaciones proyectan que el calentamiento global incrementará la proporción de sistemas que llegan a las categorías más intensas.

Esto no significa que todos los huracanes futuros serán categoría 5 ni que necesariamente aumentará la cantidad total de ciclones. De hecho, diferentes modelos climáticos proyectan que el número global podría mantenerse relativamente estable o disminuir, mientras crece la proporción de aquellos que alcanzan intensidades extraordinarias.

La diferencia es importante: el principal riesgo no consiste únicamente en que existan más huracanes, sino en que los más poderosos puedan alcanzar intensidades superiores y producir consecuencias más graves.

Además, una atmósfera más cálida puede retener mayor cantidad de vapor de agua, favoreciendo precipitaciones intensas. Por lo tanto, incluso los ciclones que no alcanzan las categorías superiores pueden ocasionar inundaciones extraordinarias y deslizamientos de tierra, como ocurrió en Guerrero con John durante 2024.

La intensificación rápida: el fenómeno que vuelve especialmente peligroso a otro posible Otis

Uno de los aspectos más alarmantes de Otis fue la velocidad con la que pasó de ser una tormenta tropical a convertirse en un huracán de máxima categoría. Este comportamiento se conoce como intensificación rápida y ocurre cuando los vientos máximos sostenidos de un ciclón aumentan al menos 55 kilómetros por hora en un periodo de 24 horas.

Otis superó ampliamente ese umbral. Su fortalecimiento extraordinario dejó un margen reducido para que la población comprendiera la magnitud de la amenaza y tomara medidas de protección.

El Centro Nacional de Huracanes llegó a describir aquella situación como un escenario de pesadilla para el sur de México. Aunque los especialistas habían identificado la trayectoria del sistema, su evolución superó las estimaciones de intensidad realizadas previamente.

Las investigaciones climáticas advierten que los episodios de intensificación rápida pueden volverse más frecuentes en un planeta más cálido. La NASA también ha señalado que estos acontecimientos representan dificultades particulares para los modelos de pronóstico, especialmente cuando suceden poco antes de que un ciclón llegue a tierra.

Para ciudades costeras como Acapulco, esto significa que la planeación no puede depender únicamente de las primeras categorías asignadas a una tormenta. Un sistema aparentemente moderado puede evolucionar rápidamente si encuentra condiciones propicias sobre el océano.

El aprendizaje que dejó Otis es especialmente relevante: el tiempo disponible para prepararse puede ser considerablemente menor de lo esperado.

John demostró que no hace falta una categoría 5 para provocar otra tragedia

Mientras Acapulco todavía intentaba recuperarse de Otis, el huracán John llegó a Guerrero en septiembre de 2024 y dejó una nueva emergencia marcada por las lluvias extraordinarias, inundaciones y deslizamientos de tierra.

La experiencia puso de manifiesto una realidad que con frecuencia pasa inadvertida: la categoría de un huracán mide principalmente la intensidad de sus vientos sostenidos, pero no refleja por sí sola la cantidad de lluvia que puede producir ni la magnitud de las inundaciones que puede ocasionar.

Una tormenta tropical o un huracán de categoría inferior puede resultar extremadamente destructivo cuando permanece durante mucho tiempo sobre una misma región, descarga grandes acumulados de precipitación o afecta comunidades asentadas en zonas vulnerables.

En Acapulco, la topografía representa un factor adicional de riesgo. La combinación de montañas, barrancas, asentamientos en laderas y zonas bajas favorece que el agua descienda rápidamente durante las precipitaciones intensas. Cuando los cauces naturales están ocupados, los canales presentan obstrucciones o la infraestructura pluvial resulta insuficiente, el riesgo aumenta.

Por esta razón, la preparación ante futuros ciclones no debe concentrarse exclusivamente en las tormentas de categoría 4 o 5. También resulta indispensable atender los riesgos asociados con lluvias prolongadas, crecidas de arroyos e inundaciones repentinas.

¿Podría otro huracán como Otis impactar en Acapulco?

La posibilidad existe y no puede descartarse. Otis demostró que un ciclón de máxima categoría puede tocar tierra en esta región del Pacífico mexicano y provocar daños catastróficos.

Sin embargo, la ciencia no permite establecer cuándo ocurrirá un nuevo impacto de esas características, ni afirmar que Acapulco recibirá otro huracán categoría 5 durante los próximos años.

Las proyecciones climáticas describen cambios en los riesgos a largo plazo, no predicciones sobre la trayectoria de una tormenta específica. Por ello, hablar de una mayor probabilidad global de ciclones extremadamente intensos no equivale a anunciar que otro Otis se aproxima al puerto.

Lo que sí puede afirmarse es que el calentamiento de los océanos, el aumento de la humedad atmosférica y las condiciones que favorecen la intensificación rápida exigen sistemas de vigilancia meteorológica más eficientes y estrategias de prevención adaptadas a escenarios extremos.

Tampoco sería correcto atribuir exclusivamente al cambio climático la formación o intensidad de Otis. Los huracanes surgen de múltiples factores naturales y atmosféricos. No obstante, las investigaciones científicas indican que el calentamiento global puede contribuir a intensificar determinadas características de estos fenómenos y aumentar su potencial destructivo.

Acapulco necesita prepararse para fenómenos que podrían superar los escenarios anteriores

A tres años de Otis, uno de los desafíos más importantes consiste en evitar que la reconstrucción reproduzca las mismas condiciones de vulnerabilidad que existían antes del desastre.

Para lograrlo, no basta con reparar edificios y recuperar la actividad turística. Se requieren construcciones resistentes a vientos extremos, inspecciones estructurales, mantenimiento permanente de cauces y canales pluviales, planes de evacuación accesibles y mecanismos de comunicación que funcionen incluso ante interrupciones de electricidad o telefonía.

También resulta necesario revisar la ocupación de zonas inundables y de alto riesgo, mejorar la coordinación entre las autoridades de los tres órdenes de gobierno y garantizar que las comunidades conozcan los refugios temporales disponibles.

La preparación ciudadana representa otro componente fundamental. Contar con documentos protegidos, agua potable, medicamentos, linternas, radios de baterías y rutas de evacuación puede marcar una diferencia durante las primeras horas de una emergencia. Sin embargo, estas acciones individuales deben acompañarse de políticas públicas eficaces, pues ninguna familia puede resolver por sí sola los riesgos de una ciudad entera.

La prevención también necesita considerar a quienes enfrentan mayores dificultades para evacuar, como personas adultas mayores, personas con discapacidad, pacientes que dependen de equipos médicos y familias sin medios de transporte propios.

Tres años después, recordar Otis también significa mirar hacia el futuro

El tercer aniversario del huracán Otis llega en un momento en el que Acapulco continúa recuperando parte de lo perdido, mientras la comunidad científica advierte sobre los riesgos de un clima cada vez más cálido.

Para quienes vivieron aquella madrugada, las imágenes del desastre permanecen asociadas con experiencias difíciles de olvidar: el sonido de los vientos, las ventanas destruidas, las viviendas inundadas y la incertidumbre de las horas posteriores, cuando buena parte del puerto quedó incomunicada.

Pero el recuerdo de Otis también permite reconocer la dimensión social de las catástrofes. Los daños no dependen exclusivamente de la fuerza de un fenómeno natural, sino de las condiciones de vivienda, infraestructura, desigualdad y preparación que encuentra a su paso.

Los próximos huracanes no necesariamente seguirán el comportamiento de Otis. Algunos podrían desarrollar vientos más intensos, otros producir precipitaciones extraordinarias y otros fortalecerse rápidamente cuando se aproximen a tierra. La incertidumbre sobre sus características no disminuye la necesidad de preparación; por el contrario, la vuelve más importante.

A tres años de aquella madrugada, Acapulco no necesita vivir con la certeza de que otro huracán categoría 5 llegará, sino con la conciencia de que puede ocurrir y de que sus consecuencias no tienen por qué repetirse con la misma magnitud.

Recordar a las víctimas, reconocer los esfuerzos de quienes reconstruyeron sus vidas y atender las advertencias científicas forman parte de una misma responsabilidad. Porque el verdadero aprendizaje que dejó Otis no debería medirse únicamente por lo que Acapulco consiguió recuperar, sino por su capacidad para proteger a la población cuando llegue la próxima gran tormenta.

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