Tlapa de Comonfort, Gro. – Mientras en buena parte de México las celebraciones de Día de Muertos alcanzan su mayor actividad durante el 1 y 2 de noviembre, en una pequeña comunidad de la Montaña de Guerrero las familias comienzan a recibir a sus seres queridos varios días antes. Cada 27 de octubre, los habitantes de Atlamajalcingo del Río salen de sus hogares con flores, velas, alimentos y copal para esperar simbólicamente a las almas de quienes han fallecido.
La celebración tiene una particularidad que la distingue de muchas otras expresiones de Día de Muertos: los familiares no solamente preparan una ofrenda dentro de sus viviendas, sino que acuden a la entrada del pueblo para recibir a las ánimas y acompañarlas durante el camino de regreso a casa.
Al caer la noche, las familias se reúnen junto al río, colocan alimentos sobre manteles y ayates, encienden velas y participan en una ceremonia religiosa que se ha transmitido durante generaciones.
La luz de las veladoras y el aroma del copal representan, dentro de la tradición comunitaria, las señales que permiten a los difuntos reconocer el camino hacia los hogares donde permanecen sus recuerdos.
La ceremonia volvió a realizarse este martes 27 de octubre de 2026, cuando habitantes de diferentes edades participaron en el encuentro tradicional, acompañados de rezos, flores, alimentos y celebraciones religiosas.
Más que una actividad turística, esta conmemoración constituye una expresión de la memoria colectiva de una comunidad indígena nahua que conserva formas particulares de comprender la muerte, el vínculo familiar y la continuidad de las tradiciones.
Atlamajalcingo del Río: una comunidad nahua donde la muerte no significa el olvido
Atlamajalcingo del Río pertenece al municipio de Tlapa de Comonfort y se encuentra aproximadamente a ocho kilómetros de la cabecera municipal, en la región Montaña de Guerrero.
Se trata de una localidad de población mayoritariamente nahua, donde diferentes costumbres religiosas y comunitarias mantienen una relación estrecha con la historia de las familias y las prácticas culturales transmitidas por sus antepasados.
A diferencia de las celebraciones masivas que se realizan en diferentes ciudades mexicanas, el Día de Muertos en Atlamajalcingo conserva una dimensión profundamente comunitaria.
Las familias participan en los preparativos, comparten alimentos y mantienen prácticas que aprendieron de sus padres y abuelos.
La tradición está vinculada con una concepción en la que los difuntos no desaparecen completamente de la vida familiar, sino que permanecen presentes mediante el recuerdo y pueden regresar simbólicamente durante una temporada del año.
Esta creencia no debe interpretarse como un acontecimiento comprobado, sino como una expresión de la cosmovisión comunitaria que da sentido a los rituales y mantiene vínculos entre diferentes generaciones.
La presencia de elementos católicos, como misas, cruces y rezos, convive con prácticas indígenas relacionadas con las ofrendas, el copal y los lugares donde se cree que las almas ingresan al mundo de los vivos.
De esta combinación surge una celebración que posee características propias y que permite comprender la diversidad cultural de Guerrero.

Una antigua leyenda explica por qué deben recibir a las ánimas en la entrada del pueblo
De acuerdo con una narración transmitida entre los habitantes de Atlamajalcingo del Río, hace muchos años un hombre que había muerto regresó a la vida y relató lo que había observado durante su experiencia en el mundo de los difuntos.
Según la tradición oral, aquel hombre explicó que las almas de las personas fallecidas llegaban hasta la entrada de la comunidad, donde esperaban que sus familiares acudieran a recibirlas.
El relato también advertía que, si nadie salía a encontrarlas, las ánimas podían permanecer en ese lugar sin conseguir llegar hasta las viviendas donde les habían preparado sus ofrendas.
Esta historia es una leyenda comunitaria y no existe evidencia histórica o científica que permita confirmar que el acontecimiento ocurrió literalmente.
Sin embargo, su importancia reside en el papel que desempeña dentro de la memoria colectiva y en la explicación que ofrece sobre el origen de una costumbre que los habitantes mantienen hasta la actualidad.
Por esta razón, cada 27 de octubre las familias se dirigen hacia el acceso de la localidad y preparan un camino iluminado, destinado simbólicamente a acompañar a las almas hasta sus hogares.
La recepción se convierte en una responsabilidad afectiva: no basta con colocar alimentos dentro de la vivienda, también hay que salir a buscar a quienes regresan.
El 27 de octubre: una noche de velas, copal y alimentos junto al río
Los preparativos comienzan antes del anochecer, cuando las familias reúnen los elementos que llevarán a la ceremonia.
Entre los alimentos tradicionales se encuentran tamales, pan, frutas, chocolate, atole, elotes y calabaza preparada en dulce, además de diferentes platillos que acostumbraban consumir los familiares fallecidos.
Algunas personas trasladan los productos en canastas, bolsas o ayates, mientras otras utilizan mesas pequeñas o recipientes para mantener organizadas sus ofrendas.
También llevan manojos de cempasúchil y flores silvestres, cuya presencia representa uno de los símbolos más reconocidos de las celebraciones mexicanas dedicadas a los muertos.
Alrededor de las 19:00 horas, los habitantes se concentran en la entrada del pueblo, cerca del río Tlapaneco, donde colocan los alimentos y comienzan a encender las velas.
Las luces forman un recorrido que se extiende por la calle principal y que, según la creencia comunitaria, permite que las almas encuentren su camino.
Durante la ceremonia también se utiliza copal, una resina aromática que desprende humo al quemarse y que ocupa un lugar importante en numerosas prácticas rituales de los pueblos indígenas de México.
En Atlamajalcingo del Río, la combinación de las luces, las flores y el aroma del copal constituye una forma simbólica de recibir a los difuntos y acompañarlos hacia el interior de la localidad.

La misa y la procesión: el encuentro entre las creencias indígenas y la tradición católica
La ceremonia del 27 de octubre también contempla una celebración religiosa encabezada por sacerdotes vinculados con la iglesia de Los Tres Reyes Magos, uno de los espacios importantes para la comunidad.
Durante la misa, las familias permanecen junto a sus ofrendas y participan en oraciones dedicadas a las personas fallecidas.
En diferentes ediciones de la celebración se ha documentado que el sacerdote bendice los alimentos y utiliza copal durante el recorrido entre las ofrendas.
La ceremonia reúne a mujeres, hombres, niñas, niños y personas mayores, quienes comparten el espacio de espera y participan en los distintos momentos del encuentro.
Al concluir la misa, los asistentes recogen los alimentos y objetos que habían colocado en la calle para iniciar un recorrido hacia el centro de la comunidad.
Las familias caminan con sus canastas y velas en dirección a la iglesia, donde pueden permanecer durante algún tiempo para continuar con las oraciones.
Posteriormente, regresan a sus viviendas para colocar las ofrendas en los altares familiares y dar continuidad a las celebraciones de Día de Muertos.
Dentro de la tradición, este desplazamiento representa el momento en que las almas dejan la entrada del pueblo y acompañan a sus familiares hasta los hogares donde vivieron.
La ceremonia permite observar cómo diferentes elementos religiosos se han integrado en una misma práctica cultural sin perder el significado comunitario del recibimiento de las ánimas.
¿Qué colocan las familias en los altares de Atlamajalcingo del Río?
Los altares familiares se preparan con alimentos, flores, velas y distintos objetos relacionados con las personas fallecidas.
Entre las ofrendas documentadas se encuentran tamales, chocolate artesanal, pan dulce, frutas, calabaza en conserva, atole y otros productos preparados especialmente para estas fechas.
La selección depende de las preferencias de cada familia y de aquello que, según sus recuerdos, disfrutaban los difuntos durante su vida.
En algunos hogares también se colocan panes con figuras humanas y alimentos conservados en recipientes tradicionales.
Las flores sirven para decorar los espacios y las velas representan la iluminación simbólica que acompaña la presencia de las almas.
A diferencia de los altares monumentales instalados en determinadas ciudades, estas ofrendas familiares no necesariamente buscan tener grandes dimensiones ni incluir una cantidad elevada de elementos.
Su significado está relacionado con la posibilidad de compartir aquello que cada hogar puede preparar.
Los testimonios recopilados durante años anteriores muestran que las familias consideran que el valor de la ofrenda depende principalmente de la intención con la que se prepara y de la relación que mantienen con la memoria de sus seres queridos.
Esta concepción también refleja las condiciones económicas de una comunidad donde numerosas personas desarrollan actividades agrícolas y deben organizar sus gastos para participar en las celebraciones.
Del 31 de octubre al 2 de noviembre: así continúan las celebraciones
Aunque el recibimiento comienza el 27 de octubre, las actividades de Día de Muertos en Atlamajalcingo del Río se prolongan hasta los primeros días de noviembre.
Según testimonios comunitarios recopilados en años anteriores, durante el 31 de octubre las familias preparan o renuevan las ofrendas para recordar a las niñas y niños que han fallecido.
Estas preparaciones pueden incluir flores frescas, velas, frutas, pan y alimentos especiales.
El 1 de noviembre se realizan cambios en los altares para recibir simbólicamente a los difuntos adultos, de acuerdo con la distribución de fechas que mantienen determinadas familias de la comunidad.
El calendario puede presentar variaciones entre hogares, pero conserva la idea central de dedicar diferentes momentos al recuerdo de quienes han muerto.
Tomás Catalán, excomisario de Atlamajalcingo del Río, explicó durante la cobertura de 2026 que los altares se instalan y mantienen en los hogares durante el 31 de octubre y el 1 de noviembre.
Finalmente, el 2 de noviembre las familias acuden a los panteones para continuar con las oraciones, colocar flores y despedir simbólicamente a sus familiares.
En testimonios recopilados por la prensa regional, los habitantes también han descrito la costumbre de trasladar al cementerio parte de los elementos colocados previamente en los altares.
Así concluye un periodo de varios días durante el cual la comunidad dedica tiempo, alimentos y actividades colectivas a recordar a quienes ya no están.

Una celebración que conserva la memoria de los pueblos originarios de Guerrero
El Día de Muertos presenta numerosas variaciones en México, incluso entre comunidades que se encuentran dentro de una misma región.
En la Montaña de Guerrero, diferentes pueblos nahuas, na savi y me’phaa mantienen prácticas relacionadas con el recibimiento de las almas, la preparación de ofrendas y las ceremonias de despedida.
Sin embargo, no todas las comunidades desarrollan exactamente los mismos rituales ni utilizan las mismas fechas, espacios u objetos.
La particularidad de Atlamajalcingo del Río consiste en la reunión de las familias a la entrada de la localidad y en la construcción simbólica de un camino iluminado que permite acompañar a las ánimas.
Otras comunidades de la región, como Tlaquiltzinapa y Tlaquilcingo, también han registrado ceremonias de recibimiento, aunque cada una conserva características propias.
Estas expresiones muestran que Día de Muertos no constituye una celebración uniforme, sino un conjunto de prácticas culturales que han evolucionado mediante el encuentro de diferentes tradiciones religiosas e indígenas.
También reflejan la importancia de las personas mayores, quienes transmiten relatos, costumbres y conocimientos sobre los lugares, alimentos y procedimientos que forman parte de la ceremonia.
Cuando las nuevas generaciones participan, no solamente aprenden a colocar flores o encender velas, sino también a reconocer la historia familiar y comunitaria que da significado a esos actos.
La tradición continúa viva entre las nuevas generaciones
En Atlamajalcingo del Río, el recibimiento de los difuntos forma parte de un calendario comunitario que reúne a familias enteras y transforma temporalmente los espacios cotidianos.
Las calles utilizadas durante el resto del año para trasladarse y desarrollar actividades comerciales se convierten, cada 27 de octubre, en lugares de encuentro, oración y memoria.
La comunidad mantiene la celebración sin que necesariamente exista un registro documental preciso sobre la fecha en que comenzó a practicarse.
Los habitantes mayores suelen explicar que sus padres y abuelos ya realizaban estas ceremonias, por lo que la continuidad de la tradición depende fundamentalmente de su transmisión entre generaciones.
Aunque las condiciones sociales cambian y numerosas personas deben trasladarse a otras ciudades por motivos laborales, las celebraciones siguen representando un momento importante para conservar los vínculos con el lugar de origen.
El recibimiento de las ánimas también permite que niñas y niños conozcan las historias de sus familiares fallecidos y comprendan el significado de los alimentos, las flores y las oraciones que forman parte de la costumbre.
La tradición demuestra que el patrimonio cultural no se limita a construcciones históricas u objetos antiguos, sino que también comprende los conocimientos, prácticas y expresiones que las comunidades mantienen vivos.
Un camino de luz para quienes siguen presentes en la memoria
Cada 27 de octubre, Atlamajalcingo del Río conserva una forma particular de relacionarse con sus difuntos: salir a recibirlos antes de que lleguen a casa.
La celebración reúne elementos de la cosmovisión indígena, prácticas católicas, relatos transmitidos oralmente y expresiones de afecto familiar que han sobrevivido durante generaciones.
Mientras las familias colocan sus alimentos y encienden las velas junto al río, la ceremonia permite recordar que el Día de Muertos no trata solamente de visitar cementerios o instalar altares, sino también de mantener una relación simbólica con la memoria de quienes formaron parte de la comunidad.
La creencia en el regreso de las almas encuentra en esta localidad una expresión colectiva que convierte la calle principal en un camino de luz y hace de la entrada del pueblo un lugar de encuentro entre el recuerdo y la vida cotidiana.
En Atlamajalcingo del Río, las celebraciones comienzan antes que en buena parte del país porque, según su tradición, las ánimas llegan desde el 27 de octubre y necesitan que sus familiares salgan a mostrarles el camino.
Una costumbre que representa una de las expresiones culturales más particulares del Día de Muertos en la Montaña de Guerrero y que continúa transmitiéndose entre generaciones.




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