Una crónica media pacheca

Sobre los riesgos que los usuarios lúdicos de la marihuana corren desde el momento en que se disponen a conseguir el producto, hasta el momento de consumirlo.

Mediante un juego de piedra, papel o tijeras o un disparejo, era como definíamos a quién le tocaba lanzarse “punto”. El que hubiera puesto más dinero o los 50 pesos íntegros p’al toque quedaba exento de ir a traerla. Era el 2008 y las cosas no estaban tan “calientes”, se podía ir al barrio vecino, si en el “punto” o la “tienda” del de uno no encontrábamos; ahora ni pensarlo.

Una vez me tocó lanzarme junto con el Chiken. En esa ocasión ni él, ni yo tuvimos varo para poner a cooperacha «ni modo carnal, hay que rifarnos» agarramos el dinero que los demás habían juntado y nos lanzamos. Como esa tarde nos habían dicho que en la “tienda” del lugar no estaban surtiendo, decidimos al momento ir a la de otra colonia cercana; queríamos fumar.

Los otros cuatro compas esperaron en el departamento destartalado que, entre todos rentábamos a $500 pesos el mes. Sin saberlo estábamos contribuyendo en lo que pudiera ser definido ahora como un club cannábico, solamente que no producíamos nuestro propio material, ni cobrábamos inscripción para acceder, mucho menos convivíamos en seguridad y libres de la policía o alguna otra amenaza.

El Chiken y yo llegamos a la carretera, la tienda a la que íbamos estaba relativamente cerca, pero la jaria por fumar nos hacía querer tenerla en las manos, así que decidimos irnos de a 5 pesos por los dos en un microbús. Al bajar, lo primero que hicimos fue echar un vistazo alrededor, tratar de identificar si había patrullas rondando, o algunos policías a pie. «Está libre, hay que lanzarnos», me dijo el Chiken.

Subimos la pequeña colina y al llegar al callejón sin pavimentar, encontramos como a 9 canijos sentados, desparramados en las diferentes piedras, troncos de árboles o simplemente parados, espectando. Todos con caras de desesperación y ansias. «¿Qué, nada…?» preguntamos al que tenía la cara más amistosa. «Nada ese. Ahorita llega el vato, ya tardó», me respondió.

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El Chiken y yo nos acomodamos por ahí. Yo en alguna piedra que vi libre; Él en alguna piedra que vio libre viendo hacia abajo de la colina; yo en otra, viendo hacia los lados. En muchas ocasiones sucedía que, al estar esperando al “tiendero”, lo que nos llegaba era un helicóptero de la estatal con dos policías asomados, era el momento de esconderse. En esta ocasión eso no pasó.

Pasaron 10 minutos, pasaron 20, después 30 y nada. Pese al peligro ni nosotros, ni los otros, ni nadie se animaba a irse, al contrario, cada vez llegaban más y hacían más tumulto.

Después de estar una hora y aproximadamente 15 minutos sentados, por fin divisamos que un taxi venía subiendo. «Ahí vienen» dijo uno de los que estaban sentados más adelante y como por arte de magia todos comenzaron a a hacer fila de manera ordenada, hasta parecía que estábamos esperando el turno en la tortillería.

Al llegar el taxi, se abrió la puerta del copiloto. Vimos unos tenis asomarse, después el cuerpo entero del tiendero. En una mano traía una bolsa enorme, de esas que te daban en cualquier mercado al comprar las verduras para la semana, adentro otra bolsa que a su vez contenía unas 200 bolsitas de boli, repletas de mota. En la otra mano, una escuadra 9 mm., apuntando con ella a todos y a la vez a nadie. «Sale pues cabrones, en orden y sin hacer mamadas, ¿quién llegó primero?»

En innumerables ocasiones me había tocado lanzarme, pero nunca me habían apuntado con un arma por estar esperando. Había corrido de patrullas que llegaban a donde estuviéramos fumando, pero tras unos pasos el peligro se disipaba. Me habían hecho muchas preguntas al llegar a una tienda, pues por mi apariencia siempre sospechaban que me trataba de un agente de la Policía Federal camuflajeado como marihuano «¿eres de la ley, verdad, ese?» me decían, pero bastaba con que les contestara de que parte de mi colonia iba, a quienes conocía de ahí y que yo lo que quería era prenderme para que me dejaran de cuestionar. Pero nunca, nunca me habían puesto una pistola en la cara sostenida por una mano temblorosa.

Ya que nos tocó el turno y la escena que me puso en shock pasó, le entregamos los 110 pesos al tiendero. Nos dio dos bolsitas, esta vez ni por los 10 pesos p’al chesco nos dejó escoger como en otras ocasiones «al tiro que está caliente la cosa, por ahí andan los estatales». Esa frase me puso más nervioso de lo que ya estaba, nos guardamos un toque cada uno entre el elástico del bóxer y la piel, así si nos llegaban a detener los estatales, quizá los encontrarían. Comenzamos a caminar de regreso.

Foto: el Heraldo de Aguascalientes

Cuando ya por fin llegamos al depa, todos nos esperaban con ansias mayores que las de quienes fuimos a traer los toques. «¿Qué la fueron a cultivar? se tardaron un chingo», nos reclamaron. «Llegó bien tarde y además había cuicos, nos dijeron los mismos vatos», contestamos. «Sale pues, a ¿quién le toca forjarlo?».

Al abrir las bolsas de bolis y sacar el material, nos dimos cuenta de que no era bueno. Puros palos, ramas y muchísimas semillas. Teníamos suficientes semillas para comenzar un autocultivo. Pero lo que queríamos en ese momento era material para fumar, no semillas para cultivar. Además de lo no-fumable, nuestros toques traían otros regalitos: hormigas, insectos, y cosas difíciles de identificar. Estoy seguro de que esa tarde fumamos algún cuerpo muerto de escarabajo u otro insecto, si bien nos fue.

El aburrimiento de encierro me llevó a fumar más hierba' | ▷Cannabis -  Marihuana ✌️🤑
Foto: Internet
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