Espiritualidad: ¿qué es y cómo se vive de manera personal?

Este columna nace de la necesidad de ampliar un poco más el tema en relación a la espiritualidad. La finalidad es poder dejar mejor planteadas algunas ideas que, por la premura del podcast, quedaron un poco inconclusas. Recuerda que puedes escuchar el podcast dando click aquí: #ConVerónica – Espiritualidad.

Hablar de espiritualidad es algo demasiado complejo, abstracto y subjetivo. Cada persona tiene su propia concepción de qué es espiritualidad y la forma en la que la fomenta día a día; una experiencia personal única que cada ser humano en esta Tierra puede sentir de manera individual.

Para mí, la espiritualidad es la forma en la que nos conectamos con nuestro “yo” interior y podemos sincronizarnos armónicamente con todo lo que nos rodea, es el descubrir esa luz en nuestro interior que brilla en la misma intensidad a la que brilla el Sol.

Pero es indispensable poder conocer dos cosas: la religión y la espiritualidad no son lo mismo. Se puede ser espiritual sin ser religioso y, en algunas ocasiones y situaciones muy particulares, la religión nos puede alejar de la espiritualidad. Creo yo que la religión es un sendero que te conduce hacia la espiritualidad, hacia esa luz que queremos descubrir y que lo hace a través de sus sistemas rituales, del estudio de su literatura considerada respetable o sagrada y de un sistema de dogmas que forjan en los feligreses un pensamiento estandarizado basado en “las buenas costumbres”. Sin embargo, estos dogmas y “buenas costumbres” muchas veces llegan a chocar directamente en nuestros propios ideales (los que surgen fuera de estos sistemas morales) y nuestras propias formas de ser.

Yo nací en una familia católica. Se me enseñó a rezar y a agradecer a Dios por cada situación que ocurriera en mi vida. Pasé desde los 6 a los 16 años dentro de grupos religiosos; me mantuve durante todo ese tiempo en el servicio al altar, o sea, fui monaguillo e incluso me insistieron en entrar al seminario para ser sacerdote. Aquí aprendí una infinidad de cosas que permitieron crear en mí a un ser muy sensible a lo que estuviera relacionado al cristianismo.

En esos 10 años me mantuve fielmente a la doctrina católica. Recibí cuatro de los siete sacramentos indispensables para poder vivir “en gracia de Dios”, incluso renové mis votos de fidelidad a Cristo frente al altar de la Catedral de Acapulco mencionando “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, pero… a pesar de que en mi mente me repetía que estaba bien y que ser católico era lo mejor que me hubiese podido pasar, desde los 8 años comprendí que algo no estaba bien en mí: apareció la sombra de la depresión y por primera vez el pensamiento de “me quiero morir”.

La depresión es un padecimiento crónico que me ha acompañado durante todo ese tiempo y que desafortunadamente fue fomentado por una constante represión hacia mi propia forma de ser durante todos estos años, que creó en mí una percepción deplorable y abominable. “Párate de esta forma, no camines así, los hombrecitos no hacen esto, los varoncitos no hacen aquello, no hagas tal ademán que no se ve bien, los niños no tienen que ser tan delicados…” fueron parte de los comentarios que me hicieron sentir que yo daba asco y que el ser yo mismo era algo incorrecto, mismos que recibí por parte de las personas cercanas a mí en la iglesia y que a su vez murmuraban a mis espaldas y a las espaldas de mi mamá.

¿Cuál era el sentido de todo esto? Nunca me sentí cómodo y fue tanta la presión de ser juzgado por ser un “maricón” —como se solían referir a mí— que tuve un punto de quiebre al estar buscando el amor de Dios, condicional y parcial, tal y como me lo enseñaron en mis grupos de la iglesia.

El catolicismo tiene dentro de sus dogmas y doctrinas —los cuales se encuentran escritas en el Catecismo de la Iglesia Católica— que condiciones como la homosexualidad deben ser reprimidas y corregidas al ser una “abominación” e ir en contra de los mandatos divinos de Dios, “sustentado” con lo que podemos leer en la Biblia en el capítulo 20 del Levítico, situación que toman de excusa para que todos los seguidores de religiones judeocristianas (no solo católicos), destilen su ira sobre lo que consideran “inmoral” y aberrante.

¿A caso es más abominable que alguien como yo ame a otro hombre, pero el destruirle la vida a otra persona, juzgarle y violentar psicológicamente no lo es? Cuando pude reflexionar sobre esta pregunta, me di cuenta que el catolicismo —más bien, gran parte de las religiones, sobre todo las Abrahamánicas— y yo no estábamos hechos el uno para el otro, pues no estaba dispuesto a creer en el amor de un dios que se decía amarme, pero que me condicionaba si yo era homosexual.

Abandonar una religión que te fue impuesta y que además no solo constituye parte de tu propia estructura cultural familiar, sino todo el modelo sociocultural del país, es un choque emocional enorme que agota. Enfrentarte a eso y a la depresión, no tiene formas de describirse.

La deconstrucción de las ideas y paradigmas religiosos ha sido el paso más duro y pesado que he podido enfrentar en mi vida, romper con todo un sistema estructural que básicamente me forjó fue más difícil de lo que creía, pues cuando das el primer paso te das cuenta de que te lanzas hacia un limbo eterno. ¿En quién crees? ¿Qué es lo que realmente buscas? ¿Existe algo superior a nosotros realmente? ¿Y si me equivoqué y ahora mi alma está perdida para siempre? El miedo a lo desconocido es la primera fase.

Cuando cumplí 21 años, ya con medicación psiquiátrica para mi depresión y en un proceso de intentar lidiar con lo que realmente quería en mi vida, comencé a explorar diferentes tipos de religiones y corrientes espirituales, de las que de cada una pude retomar algo, algo importante, algo bueno: budismo, hinduismo, cábala, cristianismo evangélico, órdenes esotéricas, satanismo, wicca, entre otras más, fueron algunas de las religiones a las cuales decidí explorar a través de la literatura especializada para poder conocerlas desde la periferia. Pero algo sucedió. Y si bien a esta edad todavía no tenía mucho conocimiento de lo que creo ahora, comenzaron a salir a flote los primeros hitos de lo que realmente me hacía sentir una conexión especial: la brujería tradicional.

Alejándonos del estereotipo occidental, misógino y cristianizado de la brujería, esta es una forma en la cual podemos materializar nuestra voluntad a través de nuestros propios deseos, de nuestra propia energía y nuestro propio poder que habita en el interior de nuestros cuerpos, promoviendo el respeto y la adoración a la naturaleza y todo lo que le representa: animales, plantas, personas y ecosistemas. Por primera vez reconocí que algo me apasionaba y me hacía sentir aceptado.

Pero independientemente de ello, en este viaje de intentar conocer qué es lo que hay más allá de lo que me fue impuesto, me di cuenta que realmente existe una “demonización” de todo lo que no es comprensible o claro para las religiones abrahámicas, lo cual representa una serie de bloqueos que nos limitan a conocer y explorar qué es lo que sucede con nosotros, en nuestro interior, impidiéndonos avanzar en nuestra búsqueda de la espiritualidad fuera de los dogmas cristianos.

Comprendí que no está mal ser como soy; la naturaleza es perfecta y el ser homosexual no me hace ni mejor ni peor persona, simplemente soy un ser indispensable en este plano existencial para fungir como un nodo de una red enorme que se llama “destino”. Descubrí que no existe ni blanco ni negro, que el mal existe pero que no es todo eso a lo que se le llama “pecado”.

Reflexioné sobre la existencia de esa energía de donde emana y se crea todo lo que vemos, aceptándola, dándole una identidad que me hiciera sentir cómodo y llamándola “La Diosa” por su capacidad creadora, por ser la misma Madre Naturaleza. Analicé la importancia de mi existencia y el por qué estoy aquí, dándome las herramientas para poder amarme tal y como yo soy —a los demás también— y, por primera vez, me sentí confiado de ser quien soy, libre de todo tipo de prejuicios; descubrí en mí esa luz que me iba a permitir brillar igual que el sol y que todos los días crece más y más.

Si bien esta es una experiencia personal sobre cómo fue que yo descubrí mi verdadera espiritualidad a través de la brujería, eso no quiere decir que sea el camino para todas las personas. Cada uno de nosotros, al ser seres únicos, tenemos necesidades específicas. Pero si una religión, una doctrina o algún grupo al que pertenezcamos nos hace sentir incómodos o incompletos, eso quiere que no pertenecemos a ese lugar.

Desde lo personal, visualizo a la iglesia católica como una intolerante y homofóbica y comprendo que la doctrina es algo que me hace sentir incómodo, pues no compete con mis ideales.
Incluso el pensamiento recurrente de que el suicidio es visto como imperdonable por ser una ofensa al Espíritu Santo, me detuvo muchas veces hacer algo que atentara con mi vida para “parar con mi sufrimiento”, pero esto no fue como una forma de lucidez o salvación, sino como una forma de terrorismo emocional y mental.

Actualmente soy un practicante del hoodoo, la Braucherei, leo el tarot y no cuento con una religión para profesar, pero eso no me resta el considerarme un ser espiritual; la magia está en cada uno de nosotros y la forma en que vivimos nuestra espiritualidad es personal.

Hoy no me arrepiento de nada y puedo decir con toda claridad que este proceso que me ha costado mucho trabajo. Si pudiera cambiar algo de este proceso, sería nada; estoy agradecido con las lecciones y el aprendizaje que todo esto a propiciado en mí. Ha valido la pena, la suficiente para decir que me siento feliz de ser quien soy y de encontrar un brillo resplandeciente que permita a los demás brillar en lo que encuentran su propia luz.

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