En octubre de 1997, el puerto de Acapulco enfrentó una de las tragedias más devastadoras de su historia reciente. El huracán Paulina, de categoría 4, azotó las costas de Guerrero con lluvias torrenciales y vientos que superaban los 200 kilómetros por hora. Lo que comenzó como un fenómeno natural esperado por las autoridades terminó convirtiéndose en una catástrofe que sorprendió a miles de familias, dejando muerte, destrucción y una cicatriz imborrable en la memoria colectiva.
Las montañas que rodean a Acapulco se convirtieron en un peligroso cauce de agua, piedras y lodo que descendió con violencia hacia las colonias populares asentadas en las faldas de los cerros. Barrios enteros quedaron sepultados bajo escombros, casas colapsaron en cuestión de minutos y familias enteras desaparecieron en medio de la tormenta. El saldo oficial habló de cientos de muertos y desaparecidos, aunque los sobrevivientes aseguran que las cifras reales fueron mucho mayores.
Más allá de los números y las estadísticas, lo que permanece son las historias personales: memorias de dolor, resistencia y sobrevivencia. Son las voces de quienes lo vivieron en carne propia, de quienes perdieron seres queridos, casas, pertenencias y, sin embargo, encontraron la fuerza para seguir adelante. Paulina no solo arrasó con calles y viviendas; también dejó al descubierto la fragilidad de una ciudad que, pese a todo, se ha levantado una y otra vez frente a la adversidad.
En este texto recopilamos tres testimonios basados en experiencias reales de aquel octubre negro en Acapulco. Relatos que nos permiten entender cómo el huracán Paulina marcó a las familias y colonias del puerto, desde la tristeza más desgarradora hasta la esperanza de reconstruirse con dignidad.
Viendo al huracán Paulina desde mi ventana

Me llamo Ana Navarrete, tengo dos hijos y en 1997 vivía con mi esposo y ellos en nuestra casa ubicada cerca del Anfiteatro de Acapulco, en la zona conocida como “la Y”. Esa noche, la lluvia comenzó como cualquier aguacero fuerte de octubre, pero pronto se transformó en algo que nunca antes había visto en el puerto. Cada gota golpeaba el techo como si fuera granizo y la fuerza del agua que bajaba del cerro era descomunal, algo que no había visto nunca y que podía arrastrar piedras de gran tamaño con mucha facilidad.
Mis hijos, que en ese entonces eran unos pequeños niños, junto con mi esposo, nos acostamos juntos en un mismo cuarto pensando que sería solo una noche incómoda. Pero los ruidos extraños, los golpes de la lluvia y el estruendo de las rocas nos mantenía alerta. Entre ese escándalo ensordecedor, escuchamos algo que apenas y se reconocía; eran gritos, gritos desesperados. Eran mis vecinos. Ellos pedían ayuda desesperadamente, ya que el agua comenzaba a entrar en sus casas. Mi esposo y yo nos levantamos e intentamos salir para ayudar, pero la corriente que corría por las calles, mezclada con piedras y ramas, nos impedía abrir la puerta sin riesgo de ser arrastrados. Fue imposible salir. Toda esa noche no pude dormir.
Pasamos la noche en vigilia, manteniendo a los niños cerca y observando cómo el agua comenzaba a filtrarse por las paredes, que se humedecían por la enorme cantidad de lluvia que caía. La intensidad de la tormenta era aterradora: el lodo y el agua se movían por las calles como un río incontrolable. A cada momento escuchábamos cómo techos, paredes y cercas eran arrastrados por la corriente, y cómo los vecinos luchaban con todo lo que podían para que el agua que entraba no dañara sus pertenencias.
Cuando amaneció, salimos con extremo cuidado y lo que vimos fue devastador. Calles convertidas en ríos de lodo, piedras, ramas y escombros; casas derrumbadas o parcialmente destruidas; carros volteados; árboles arrancados de raíz. El desastre era absoluto. Mi esposo decidió ir a trabajar a pesar de todo. Caminó durante casi una hora entre piedras, lodo y charcos que le llegaban a la cintura, esquivando restos de casas, ramas, basura y en algún punto, algunos cuerpos de personas que no sobrevivieron a la torrencial lluvia de la noche. Yo solo lo vi partir con el corazón encogido, temiendo por su vida y rezando a la Virgen para que volviera con bien.
Nosotros nos quedamos en casa, sin luz, sin agua potable y sin servicios durante al menos diez días. Cada día era un desafío: cocinar, limpiar, mantener a los niños abrigados, entretenidos y alimentados era casi imposible. Sin embargo, nunca nos faltó la ayuda de personas de buen corazón. Vecinos y voluntarios trajeron víveres, agua, ropa y cobijas. Esa solidaridad fue un alivio en medio de la desesperación, y nos permitió sobrellevar los primeros días de caos total.
El recuerdo de Paulina permanece en mi memoria como una experiencia amarga y triste. Vimos a muchos vecinos perderlo todo, a familias enteras desaparecer bajo el lodo y el agua. Sin embargo, a nosotros la vida y Dios nos permitió mantener nuestra integridad, y eso se volvió una razón para sentir gratitud cada día. Aprendimos que, aunque la naturaleza puede destruir lo material, la solidaridad y la fuerza familiar pueden sostenernos en la adversidad.
Con el tiempo, la ciudad comenzó a recuperarse, pero los recuerdos de esa noche permanecen vivos: el rugido del viento, el golpe de la lluvia, los gritos de los vecinos y el miedo constante de perderlo todo. Cada tormenta intensa me hace recordar a Paulina, y aunque trae tristeza, también me recuerda la importancia de la vida, la familia y la comunidad. Para mí, el huracán Paulina fue un golpe a la ciudad y a nuestros corazones, pero también una lección de resiliencia y gratitud, una experiencia que nos marcó y que volvimos a repetir en 2023…
Cuando el huracán Paulina me arrebató todo…

Me llamo María de los Ángeles Hernández, aunque todos en la colonia Santa Cecilia me conocían simplemente como Angy. Tenía 24 años cuando el huracán Paulina llegó a Acapulco y con él se llevó no solo mi casa, sino también lo más valioso que tenía: a mi madre y a mi hermana menor. Desde entonces mi vida quedó partida en dos: la de antes de Paulina y la que me tocó aprender a vivir después.
Esa noche aún la escucho como si hubiera pasado ayer. La lluvia no caía: azotaba. El techo de lámina retumbaba como si fueran balas golpeándolo, y el ruido de las piedras bajando del cerro se confundía con los truenos y el rugir del viento. Mi hermana Rocío, que tenía apenas 16 años, estaba despierta y asustada. Mi madre nos decía que nos calmáramos, que no pasaría nada. Yo trataba de creerle, pero en el fondo sabía que algo estaba muy mal. Nunca en mi vida había sentido el suelo vibrar de esa manera.
De pronto, un estruendo sacudió la casa. Fue como si la montaña se hubiera desplomado sobre nosotros. El agua entró primero por la puerta, pero en segundos ya estaba saliendo de las paredes, de las ventanas, de todos lados. Una corriente de lodo mezclada con piedras enormes atravesó la sala y partió la casa en dos. Recuerdo el grito de mi madre llamándonos por nuestro nombre, recuerdo la mirada de terror en los ojos de Rocío. Y luego, el arrastre.
Yo logré aferrarme de una viga que quedó atravesada entre los restos del techo, pero vi con impotencia cómo la corriente se llevaba a mi madre y a mi hermana. Sus voces se fueron apagando en medio del ruido ensordecedor del agua y los escombros. Traté de alcanzarlas, grité hasta desgarrarme la garganta, pero la oscuridad y la violencia de la tormenta no dejaron nada más que miedo y desesperación.
Cuando al fin la lluvia dio una tregua, la colonia era irreconocible. Casas que conocí toda mi vida habían desaparecido; otras estaban abiertas por la mitad, como muñecas de cartón mojado. El suelo era un río de lodo. Empecé a buscar entre los escombros, entre piedras y ramas. No era la única: había vecinos llorando, otros gritaban nombres, algunos caminaban como fantasmas sin saber hacia dónde ir.
Horas después, alguien gritó que habían encontrado un cuerpo. Corrí con la esperanza de que fuera mi madre viva, pero era Rocío. Estaba atorada entre piedras y pedazos de madera, a unos metros más abajo. La sacamos con las manos, pero ya no tenía vida. La cubrimos con una sábana que alguien nos prestó, y la colocamos en un rincón seco, como si eso pudiera devolverle un poco de dignidad. Fue entonces cuando entendí que nunca volvería a escuchar su risa, ni verla peinarse frente al espejo.
De mi madre no supe más. Esa noche, ni después. El agua se la tragó, y con ella, todo lo que alguna vez pensé que era seguro. No hubo entierro, no hubo velorio. Su ausencia se volvió una herida invisible, un duelo que nunca termina porque no hay cuerpo que despedir. Vivir con esa incertidumbre es como cargar una sombra que no te suelta.
Los días siguientes fueron igual de dolorosos. Dormimos en el piso de una escuela que usaron como refugio. El olor a lodo y a humedad se mezclaba con el llanto de los niños, con el silencio pesado de los adultos que habían perdido todo. Cada tanto llegaban noticias de más desaparecidos, de más muertos. Y en cada lista que se leía, yo esperaba escuchar el nombre de mi madre, aunque fuera para confirmar lo inevitable. Pero su nombre nunca apareció.
Con el tiempo intentamos reconstruir la casa, aunque nunca volvió a ser la misma. Mi padre, que vivía en Estados Unidos en ese entonces, regresó para estar conmigo. Él levantó algunas paredes nuevas; yo traté de ayudar, pero cada ladrillo me recordaba lo que ya no estaba. Vivíamos con miedo de cada lluvia fuerte, con la certeza de que la montaña podía volver a desbordarse en cualquier momento. Y aunque la vida siguió —porque la vida siempre sigue, aunque duela—, algo en mí se quedó detenido en aquella madrugada.
Han pasado los años y he aprendido a vivir con la ausencia, pero no a superarla. Cuando paso por la colonia Santa Cecilia y veo las casas nuevas, los niños jugando en calles que antes fueron ríos de lodo, me invade una mezcla de tristeza y nostalgia. Pienso en lo que pudo ser la vida de Rocío, en cómo habría envejecido mi madre, en cómo sería mi vida si esa noche la montaña no se hubiera venido abajo.
El huracán Paulina no solo destruyó mi casa, destruyó la seguridad que sentía en mi propio hogar. Me enseñó que en cuestión de minutos todo puede desaparecer, que el amor más grande puede perderse bajo piedras y agua. Y desde entonces, cada lluvia es un recordatorio de que la tristeza, como la tormenta, nunca avisa cuándo volverá.
El esfuerzo de toda una vida desapareció en un instante…

Me llamo Roberto Castro y desde joven he vivido en la colonia Garita, un lugar lleno de pendientes y arroyos que cruzan las calles como venas ocultas de agua. Mi esposa, mis tres hijos y yo construimos nuestra casa de un solo nivel con esfuerzo, poco a poco, con los ahorros de toda una vida y mucho sacrificio, como la mayoría de los vecinos. Nunca imaginamos que esos arroyos, que tantas veces habíamos visto correr tranquilos en temporada de lluvias, se convertirían en el monstruo que nos arrebataría todo durante el huracán Paulina.
La noche del 8 de octubre de 1997 empezó como una lluvia más fuerte de lo habitual. Yo estaba acostumbrado a los aguaceros de Acapulco, así que no pensé demasiado. Pero conforme pasaban las horas, el agua golpeaba el techo con tanta furia que era imposible dormir. El rugido del canal pluvial que pasaba justo debajo de nuestra casa se volvió cada vez más fuerte, como si de repente hubiera nacido un río bravo en medio de mi calle.
Escuché un ruido fuerte y me levanté a revisar y vi cómo el agua empezaba a desbordarse y una de las paredes de mi casa se había caido. El piso de la sala estaba completamente húmedo y las paredes comenzaban a llenarse de pequeñas grietas. El sonido era aterrador: un crujido lento, como de huesos partiéndose. Llamé a mi esposa y le pedí que despertara a los niños. No había tiempo para discutir ni para pensar qué llevar. Intentamos salir a la calle bajo la lluvia, que caía como cuchillas de agua helada sobre la piel, pero no pudimos debido a que los escombros yacían sobre la única puerta de salida.
Nuestros vecinos nos escucharon y se arriesgaron a auxiliarnos. Como pudieron removieron piedras y amarraron cuerdas para poder rescatarnos. Todos salimos con bien y corrimos hacia la casa de unos vecinos, quienes, sin dudarlo, nos abrieron la puerta y nos ofrecieron refugio. Desde su ventana vi cómo mi casa, esa que había levantado con mis propias manos, se desplomaba poco a poco. El agua arrasaba con los cimientos y la tierra se hundía, tragándose todo lo que teníamos: muebles, ropa, fotografías, recuerdos. Todo desapareció en minutos. Mis hijos lloraban desconsolados, mi esposa trataba de calmarlos, y yo no encontraba palabras. Solo podía mirar cómo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo, se desmoronaba ante mis ojos en un par de segundos
Los días posteriores fueron de un dolor indescriptible. No teníamos nada, ni ropa seca para los niños. Dormíamos en el suelo, en casas de vecinos que nos ofrecieron un rincón y después en refugios oficiales. Acapulco entera estaba devastado: los canales se habían tragado algunas casas, y las calles parecían cicatrices abiertas, llenas de lodo, piedras enormes y basura.
Sin embargo, fue en ese dolor donde descubrimos algo que jamás había sentido con tanta fuerza: la unión de la comunidad. Cada vecino puso lo que tenía, desde una pala hasta un plato de comida caliente. Recuerdo que una familia compartió con nosotros unas colchonetas, otra nos regaló ropa seca, y poco a poco, entre todos, empezamos a limpiar, a rescatar lo que se pudiera, a pensar en cómo volver a levantar lo que la tormenta había tumbado.
Con los meses, y gracias al apoyo de familiares, amigos y gente que nos tendió la mano, decidimos volver a construir la casa. Buscamos reforzar los cimientos, aprendimos a usar materiales más resistentes, a colocar muros más sólidos. Pasamos días enteros bajo el sol, cargando ladrillos, mezclando cemento, levantando paredes e invirtiendo mucho dinero que no teníamos. No fue fácil: hubo cansancio, discusiones, lágrimas. Pero también hubo esperanza. Cada bloque que subía era una promesa de que no nos íbamos a rendir.
Esa casa, levantada después de Paulina, se convirtió en un símbolo para mí y mi familia. Resistió otras tormentas que vinieron después, y hasta temblores que sacudieron Acapulco. Sin embargo vez que una tormenta golpeaba la colonia, me quedaba mirando las paredes y no dejaba de sentir temor: los estragos de esa noche habían quedado marcados en mi mente, sin embargo, sin importar qué es lo que sucediera, confiaba que mis vecinos, a los cuales considero como parte de mi familia, estarían siempre ahí para tenderme una mano amiga.
En octubre de 2023, llegó el huracán Otis. Cuando vi la fuerza con la que ese monstruo arrasó con todo, volví a sentir la misma impotencia que en 1997. Mi casa nuevamente se afectó. Las memorias de Paulina regresaron con cada ráfaga de viento, con cada ruido de destrucción. Y aunque esta vez las pérdidas fueron distintas, comprendí algo: por más que reforcemos las casas, siempre estaremos a merced de la naturaleza. Lo único que realmente permanece es la fuerza de levantarse, de no quedarse en el suelo.
Hoy ya no vivo en Acapulco. Recurrentemente visito el puerto y siempre paso a saludar a mis vecinos, a quienes llevo muy dentro de mi corazón. Siempre recuerdo aquellos días de desesperación, pero también me invade un sentimiento de esperanza. Porque aunque la tormenta se llevó nuestra casa, no logró llevarse nuestro deseo de seguir adelante y la buena voluntad de gente generosa. Eso, para mí, es la verdadera herencia de Paulina: el dolor de la pérdida, sí, pero también la certeza de que juntos podemos volver a empezar, una y otra vez.





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