Relatos del auditorio: El espectro que vi durante el Huracán Otis

Camila relata su aterradora experiencia durante el huracán Otis en Acapulco, donde su familia buscó refugio. Mientras enfrentaban la tormenta, avistaron un misterioso jinete que evocaba tanto temor como fascinación, dejando dudas sobre su naturaleza.

Soy Camila y vivo en la zona poniente de Acapulco. Durante la noche del 25 y la madrugada del 25 de octubre de 2023, Acapulco se convirtió en un escenario de terror que permanecerá grabado en mi memoria para siempre. La llegada del huracán Otis había sido anunciada con algunas horas de anticipación, pero jamás imaginamos que se trataría de algo tan devastador. Cuando comenzó a azotar la ciudad, el miedo se apoderó de nosotros como una sombra oscura.

Esa noche, mi familia y yo nos refugiamos en el cuarto más seguro de nuestra casa. Las ventanas de la sala habían estallado en mil pedazos, y la tormenta se colaba a través de los huecos, arrastrando con ella fragmentos de nuestra vida cotidiana. Los vientos aullaban con una intensidad inimaginable, alcanzando hasta 350 km/hr. El sonido era aterrador, un silbido y quejido constante que reverberaba en nuestros cuerpos, como si la casa misma estuviera gritando de dolor.

Estábamos acurrucados en el rincón más alejado del cuarto, intentando confortarnos mutuamente mi familia y yo. Mi mamá abrazaba a mi hermano menor, que lloraba del miedo. Mi papá mantenía la mirada fija en la puerta, como si esperara que algo entrara por ella. A través de una pequeña ventana, apenas iluminada por unos relámpagos azules intermitentes que se vieron durante toda la catástrofe, vislumbramos una escena que aún no puedo creer: un jinete de negro montado en un caballo oscuro, cabalgando por la calle desierta.

El espectro que vi durante el Huracán Otis

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El hombre, envuelto en su capa, se movía con una calma inquietante, como si no le importara el caos a su alrededor; como si las ráfagas de viento no le hicieran absolutamente nada. En medio del estruendo del huracán Otis, su figura parecía casi fantasmal, contrastando con la brutalidad de la tormenta. “¿Lo ven?”, susurré, señalando hacia la ventana. Mis padres se asomaron, y el terror en sus ojos reflejaba el mío. “Es solo una alucinación, deben ser escombros”, murmuró mi padre, aunque la incertidumbre en su voz revelaba su propio miedo.

Pero no, no estábamos imaginándolo; ese era un hombre montado en un caballo en medio de la tempestad, casi imperceptible por momentos debido a las ráfagas de los ventarrones. Con cada golpe del viento, empezamos a escuchar lamentos guturales que se elevaban por encima del estruendo. Eran quejidos espectrales, como si las almas de aquellos que habían enfrentado tormentas antes de nosotros estuvieran clamando en la oscuridad; como si aquellos desafortunados que no habían logrado encontrar refugio a tiempo estuvieran desesperadamente buscando ayuda. Cada grito helaba nuestros huesos, y sentí que la desesperación nos envolvía como una densa niebla.

“Solo es el huracán, estamos a salvo aquí”, traté de convencerme y calmar a mi hermano, quien se aferraba a mi mamá, incapaz de dejar de temblar. La naturaleza había desatado su furia, y nosotros éramos meros espectadores de su poder, pero también testigos de algo sobrenatural.

El espectro que vi durante el Huracán Otis

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Con el tiempo, la intensidad de los vientos se volvió ensordecedora. Las paredes de la casa temblaban, y sentí como si todo pudiera colapsar en cualquier momento. A través de la ventana, aquel hombre montado en su caballo volteó hacia mí, imperturbable, como una presencia sobrenatural que desafiaba el caos y hacía notarme que sabía de mi presencia. Y ahí fue cuando por primera vez vi sus ojos, con destellos rojos y profundos. No podía quitarme la sensación de que estaba allí para guiarnos, o tal vez, para recordarnos que la muerte no es el final, sino un ciclo. Me quité rápidamente de la ventana.

Las horas parecían eternas. La tormenta arrastraba todo a su paso, y las ráfagas de viento nos golpeaban con fuerza. “¿Qué pasará con nosotros?”, preguntó mi hermano, su voz apenas un susurro. Miré a mis padres y vi el miedo reflejado en sus rostros. “Vamos a estar bien”, respondí, aunque no estaba segura de ello. Decidimos abrazarnos esperando lo peor, hasta el punto de caer desfallecidos por el cansancio y el estrés.

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Finalmente, el viento comenzó a calmarse y el silencio se apoderó de la habitación para eso de las 3 de la mañana. Nos atrevíamos a pensar que lo peor había pasado, pero cuando asomé la cabeza por la ventana, la devastación era abrumadora. Los árboles habían sido arrancados de raíz, algunas casas estaban desmoronados, y el paisaje que una vez conocimos había desaparecido.

El jinete ya no estaba, y la ausencia de su figura me dejó una sensación extraña de pérdida. Mientras la luz del día empezaba a reflejarse en el resplandor azul de la mañana nublada, comprendí que la tormenta no solo había destruido nuestra ciudad; había dejado una marca indeleble en nuestros corazones. La experiencia del huracán Otis se convirtió en un eco que resonaría en nosotros para siempre, pero también me dejó una duda enorme… ¿quién o qué era eso que observaba a su paso toda la destrucción del huracán Otis? Creo que nunca lo sabré.

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