En nuestra nueva sección «Relatos del Auditorio», nos embarcamos en un viaje a través de lo desconocido, donde las experiencias paranormales se entrelazan con la vida cotidiana. A medida que la realidad y lo sobrenatural se cruzan, nos sumergimos en relatos intrigantes que han sido compartidos por nuestros lectores. Esta vez, exploraremos las impactantes historias de quienes vivieron momentos escalofriantes antes, durante y después del huracán Otis, un fenómeno natural que dejó huellas indelebles en la memoria colectiva del puerto.
Desde la inquietante aparición de un espectro en la penumbra de la noche posterior al huracán, hasta las aterradoras visiones de personas llevadas por el viento, cada testimonio revela cómo lo inexplicable se manifiesta en tiempos de crisis. Además, la sorprendente imagen de una serpiente en los cielos antes del huracán nos invita a cuestionar la línea que separa la realidad de lo sobrenatural. Acompáñanos en esta recopilación de vivencias que desafían la lógica y nos recuerdan que, en los momentos más oscuros, lo extraordinario puede asomarse a nuestras vidas.

Escríbenos tu historia
Si deseas contarnos algo que nadie más te crea, nosotros sí lo haremos. Escríbenos esos sucesos misteriosos y paranormales y con gusto publicaremos tu historia para escuchar las voces del más allá.
La sombra en la oscuridad que lloraba

Mi nombre es Clara, y nunca pensé que el silencio y la oscuridad pudieran ser tan aterradores como lo fueron después de que el huracán Otis azotara Acapulco. Mi esposo, Javier y yo vivimos en la zona conurbada, lejos del bullicio turístico de la Costera. Nuestros gatitos Sonny y Félix, así como Chico, nuestro perro, siempre nos acompañan, y aunque he pasado noches difíciles en esta ciudad, jamás imaginé lo que viviría en esas interminables jornadas de penumbra.
La primera noche después de que Otis nos golpeara fue solo el inicio. Sin electricidad, las calles quedaban sumidas en una oscuridad impenetrable en cuanto el sol se ocultaba. Acapulco, esa ciudad que nunca duerme, había quedado completamente desierta y apagada por completo. Durante el día, el calor y el esfuerzo de intentar remover escombros y ayudar a los vecinos mantenían nuestras mentes ocupadas. Pero en cuanto caía la noche, todo cambiaba.
Aquel día, tras limpiar los restos de lo que quedaba de la casa, Javier y yo intentamos restaurar un poco de normalidad. Encendí las velas en la sala, sus llamas titilantes proyectando sombras largas en las paredes. Félix y Sonny siempre curiosos, se acurrucaron cerca de nosotros, mientras que Chico, nuestro fiel perrito, permanecía inquieto, moviéndose de un lado a otro. Algo en el ambiente parecía afectarle. Afuera, el silencio era absoluto. Ni siquiera siquiera los insectos que usualmente se escuchan, como las chicharras y los grillos, debido a que ellos también perecieron durante el huracán Otis.
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Nos fuimos a acostar temprano, alrededor de las diez de la noche, o al menos eso creía yo. Sin electricidad ni reloj, el tiempo se volvió un concepto extraño. Me costó dormir. Cada crujido de la casa me hacía saltar, cada ráfaga de viento me recordaba el caos de los días anteriores. Intentaba cerrar los ojos cuando, de repente, lo escuché. Un llanto. Al principio, creí que era el viento, pero a los pocos segundos, supe que no. Era el sollozo agudo, desconsolado; era como de una mujer. Me incorporé en la cama, intentando escuchar mejor.
“¿Lo escuchaste?”, le susurré a Javier, pero él ya estaba despierto, con los ojos muy abiertos. Asintió, y supe que no era mi imaginación. El llanto continuaba, a veces más bajo, a veces tan fuerte que parecía que la mujer estuviera justo al otro lado de la puerta. Quería pensar que se trataba de alguien que, como todos, había perdido mucho con el huracán Otis, alguien que no podía contener el dolor. Pero había algo en esos sollozos que me ponía los pelos de punta. Era un lamento profundo, desgarrador y estremecedor, que helaba el aire cada vez que lo escuchaba.
“No puede ser real”, murmuré para mí misma, intentando convencerme. Pero el llanto no cesaba, y parecía acercarse cada vez más. Javier y yo nos miramos, ambos paralizados. No dijimos nada por unos minutos, solo escuchamos. Félix, normalmente tan inquieto, se quedó completamente inmóvil, pero fue Chico quien nos alarmó. Empezó a gruñir bajo, como si percibiera una amenaza, y se movía nervioso entre la puerta y la ventana, ladrando de manera entrecortada cada vez que el llanto se hacía más fuerte. El miedo lo dominaba, y cada tanto soltaba un gemido que jamás le había escuchado antes.
Decidimos asomarnos por la pequeña ventana de nuestra habitación que daba a la calle. Era nuestra única conexión con el exterior desde la planta alta donde está nuestra recámara. Javier corrió la cortina con cuidado y my despacio, y ambos miramos hacia fuera. El llanto continuaba, pero lo que vimos no tenía explicación.
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Allí, en medio de la calle desierta y oscura, una figura oscura, apenas visible bajo la tenue luz de la Luna, se arrastraba lentamente entre las sombras. No era un simple reflejo ni una ilusión. La silueta era real. Se movía de manera lenta, casi reptante, como si algo muy pesado la empujara hacia el suelo. La sombra era alargada, y no podía distinguir si tenía rostro o extremidades definidas, pero lo que sí noté fue que era negra, completamente negra, como si absorbiera toda la poca luz que quedaba.
El llanto continuaba, más fuerte ahora, y no me cabía duda de que provenía de esa figura. Mi corazón latía con fuerza, y podía sentir el miedo instalándose en mi pecho. Mi esposo también lo veía. Lo sentí tensarse junto a mí, mientras me apretaba la mano muy fuerte.
Nada de lo que habíamos vivido en esos días tenía sentido. Habíamos sobrevivido a un huracán devastador, a la pérdida de todo, y ahora estábamos viendo algo que no pertenecía a este mundo.
La figura se detuvo en medio de la calle. No avanzó más. Simplemente se quedó allí, como si estuviera esperando algo. El llanto cesó de repente, y un silencio opresivo llenó el aire. Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. Chico, que hasta ese momento había estado inmóvil junto a la puerta, se echó hacia atrás con un quejido, temblando, como si quisiera esconderse de lo que habíamos visto.
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Intentamos convencernos de que era nuestra imaginación, pero el terror persistía. Finalmente pudimos ver que esta sombra continuó reptando y su lamento se esfumó en el aire. Javier y yo decidimos meter a nuestros animalitos con nosotros, cerrar la puerta de nuestro cuarto con seguro y quedarnos dormidos arropados de pies a cabeza, a pesar del calor insoportable que podíamos sentir.
Al día siguiente, mientras ayudábamos nuevamente a los vecinos a remover más escombros, algunas de nuestras vecinas nos hablaron del mismo llanto. Ellas también lo habían escuchado durante la noche. Decían que venía desde la calle, pero ninguna se había atrevido a asomarse. “No podíamos… había algo ahí afuera”, murmuró una de ellas. Me confirmó que lo que habíamos escuchado mi esposo y yo era algo que había sucedido, no era un sueño o una ilusión; los vecinos lo sabían, pero no se atrevieron a asomarse como nosotros.
Desde esa noche no pude olvidar la sombra que se arrastraba entre las penumbras. Cada vez que caía la noche y Acapulco queda nuevamente sumido en la oscuridad, no podía evitar recordar aquella figura. Porque, aunque me esfuerzaba por olvidarlo, sé que lo que vimos no fue solo el fruto del miedo o la fatiga. A veces siento que ese espectro, demonio, fantasma o lo que sea, sigue allí, esperando, arrastrándose en las sombras de una ciudad que aún no se ha recuperado.
La noche en la que las personas volaron…

Soy Miguel, guardia de seguridad en un hotel de la Costera. Por seguridad y para proteger mi identidad, no diré la ubicación exacta del mismo, debido a que esto es información muy delicada. La noche en que el huracán Otis llegó a Acapulco, todo cambió.
A mí me tocó trabajar esa noche. Hice el cambio de turno a medio día y me tocaba esperar hasta el día siguiente para poder relevar el puesto, así que para las 10 de la noche, cuando el aire azotaba ya con un poco de fuerza, comencé a creer que este no sería otra lluvia más que inundaría calles como tormentas que había vivido anteriormente.
Para el punto en el que el huracán Otis entró a Acapulco, desde mi caseta, en medio del caos, traté de mantener la calma mientras los vientos aullaban y las ráfagas golpeaban el edificio. La electricidad se había ido, y el único sonido era el rugido del huracán, mezclado con el crujido de las estructuras del hotel y las cosas que salían disparadas.
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Mientras los fuertes vientos y la lluvia azotaban la costa, algunas personas en el hotel decidieron salir a ver lo que sucedía. Con asombro y horror, observé cómo un grupo de huéspedes se asomaba a los balcones, ignorando las advertencias. Me quedé paralizado, mirando a través de la ventana de mi caseta. Era como si el tiempo se detuviera mientras veía sus figuras tambalear en el borde. La curiosidad humana puede ser peligrosa, pensé, y no podía creer que estuvieran dispuestos a arriesgar sus vidas por un video.
De repente, una ráfaga de viento más fuerte que las anteriores barrió la zona, y lo que presencié me heló la sangre. Uno de los hombres, un turista con su celular en mano, fue levantado del suelo por la fuerza del aire. La escena se desarrolló en cámara lenta. Lo vi despegar del balcón, su cuerpo desafiando la gravedad, girando en el aire como un muñeco de trapo. Un instante después, lo vi caer, atrapado en el remolino del huracán.
El horror se apoderó de mí. ¿Cómo era posible que una fuerza tan invisible pudiera lanzar a una persona por los aires? No podía dejar de pensar en cómo una decisión imprudente podría llevar a alguien a su final. Intenté comunicarme con los demás, gritar que regresaran adentro, pero el viento devoró mi voz. Fue aquí cuando asimilé que esto que vivíamos era algo inimaginable, algo que nunca habíamos vivido o experimentado.
En la penumbra, con el sonido del huracán dejándome sordo, vi más figuras ser arrastradas. Las risas y los gritos de emoción se convirtieron rápidamente en gritos de terror. No podía hacer nada más que observar desde mi refugio, impotente y horrorizado. El huracán Otis les quitó lo valientes, revelando lo vulnerable que todos compartimos ante la fuerza de la naturaleza.
Cuando finalmente la tempestad comenzó a calmarse, el silencio se apoderó del lugar. Pero las imágenes de aquel momento quedaron grabadas en mi mente. Aquella noche, mientras Acapulco se enfrentaba a su furia, comprendí que hay cosas que el ser humano no debería desafiar. La curiosidad puede ser un impulso poderoso, pero a veces, el instinto de supervivencia debe prevalecer. No vale la pena arriesgar nuestras vidas por un video viral de Youtube o de Tiktok.
Aún espera a su familia entre los escombros

Mi nombre es Mariana, y vivo en una de las colonias en el anfiteatro de Acapulco. Trabajo en un supermercado, donde las tardes pasan entre clientes y recoger productos que los clientes dejan regados por la tienda. Sin embargo, desde el paso del huracán Otis, las noches se han vuelto diferentes para mí, con una vibra que aún no logro ignorar o sentir de otra forma. Los deslaves que arrasaron con varias casas en mi colonia han dejado una huella imborrable en nuestros hogares, y aunque trato de seguir con mi vida, el de lo que vivimos todos los acapulqueños esa noche, aún me acecha.
Cada noche, al salir de mi trabajo, camino por una calle que solía ser familiar, pero ahora se siente ajena, debido a que esta se transformó debido a todo lo ocurrido durante el huracán Otis. Pero, donde más perturbada me siento es cada que me acerco al lugar donde una familia entera fue sepultada; ahí la atmósfera cambia y no tengo opción porque queda justo cerca de la entrada al andador donde se encuentra mi casa. La noche se vuelve pesada, y un silencio abrumador parece envolver todo. Las luces de la calle parpadean, como si también temieran iluminar lo que ha quedado en el lugar.
Al pasar junto a los escombros, tierra y piedras que aún quedan de ese día, sentí un escalofrío recorrerme. La casa que había estado allí, con risas de niños y el aroma de comida cocinándose, ahora es solo un recuerdo muy triste que fue borrado por las ráfagas de viento y la lluvia. Hace no mucho, a inicios de este año, pasé pasé como de costumbre después del trabajo, casi cerca de la medianoche, pero pude ver algo que creí que mis ojos me engañaban. Allí, en la cima de lo que solía ser el hogar de esa familia, vi la silueta de una niña. Su figura era pequeña, vestida con lo que parecía ser un vestido color amarillo. Estaba de pie sobre una de las enormes piedras que aún no han movido, mirando hacia el horizonte con una expresión ausente, como si esperara a alguien.
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Me detuve, paralizada por la sorpresa y el miedo. ¿Era real? Mi mente intentaba encontrar una explicación lógica, pero no podía apartar la vista. Cuando la niña giró la cabeza hacia mí, sentí que un helado se apoderaba de mi pecho. No había ojos, solo un vacío oscuro. En ese momento, un grito ahogado escapó de mis labios, y corrí lo más rápido que pude hacia mi casa.
Desde esa noche, cada vez que regreso a casa, tengo que llamar para que mis papás o mis hermanos salgan a encontrarme cuando ya estoy cerca de este macabro lugar. He pasado por ese lugar muchas veces y, aunque intento no mirarlo, siempre siento que una fuerza invisible me atrae. Cada vez que me acerco, siento una pesadez en el aire, como si el propio lugar estuviera cargado de dolor y tristeza.
He comenzado a compartir mis experiencias con mis vecinos. Algunos no quieren escuchar; prefieren ignorar el pasado y seguir adelante. Pero otros, como yo, han sentido algo extraño en el aire. Una noche, mientras hablábamos, una vecina mencionó que ella también había visto a la niña. La misma figura, en el mismo lugar, a la que ella cree es la niña menor de la familia sepultada.
No sé si es el resultado de mi imaginación, pero la sensación de ser observada nunca desaparece cada que paso cerca de la zona del desastre. Un escalofrío recorre mi espalda, y sé que algo más allá de la muerte permanece en ese lugar, anclado por la tragedia y el luto.
A veces, me pregunto qué habrá sido de esa niña. Quizás ella no sepa que su hogar ya no existe, que su familia fue sepultada en un instante, y que, entre los escombros, su espíritu sigue buscando respuestas. Junto con mi vecina hemos decidido rezar por el eterno descanso de su alma, pues a pesar del miedo que puede hacernos sentir, también nos da una profunda tristeza imaginar lo que esa niña vive ahora en el plano de los muertos.
La culebra que se formó en el cielo el día del huracán Otis

Me llamo David y lo que viví en el Otis es algo que espero nunca volver a experimentar. Vivimos mi madre y yo en la parte alta de la colonia Palma Sola, justo en la ladera que da ya hacia el cerro del Veladero. Desde allí, se tiene una vista despejada de la ciudad y, en noches tranquilas, se puede observar el mar extendiéndose hasta el horizonte. Pero esa noche, sabíamos que algo terrible estaba por venir.
Antes de que el huracán Otis tocara tierra, la atmósfera ya estaba cargada. Había una calma extraña en el ambiente, como si todo estuviera conteniendo el aliento antes de la tormenta. Mi madre, Rosa, lo notó también. “Algo va a pasar”, me dijo en voz baja mientras recogíamos lo poco que teníamos en casa para prepararnos. Yo trataba de mantener la calma, pero sentía una inquietud en el pecho, como si el aire mismo estuviera pesado, difícil de respirar.
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Las noticias en la televisión advertían del poder del huracán, pero a nadie le había quedado claro el verdadero monstruo que estaba a punto de desatarse. Los vientos comenzaron a azotar nuestras ventanas justo después de las diez, y para cuando intentábamos refugiarnos en el cuarto más protegido de la casa, el cielo se había oscurecido por completo. Lo que ocurrió después es difícil de poner en palabras, porque se sintió como si la misma naturaleza estuviera revelando un secreto que había permanecido oculto por siglos.
A pesar de las ráfagas de viento que sacudían la casa, mi madre y yo no podíamos apartar la mirada del cielo. Y allí, entre los destellos azules que lograron verde y las nubes cargadas, apareció algo. Al principio, era solo una figura borrosa que se formaba con los destellos de los relámpagos, pero en cuestión de segundos, lo vimos con claridad: una serpiente gigantesca, dibujada en el cielo.
“¿Lo ves?”, le pregunté a mi madre con un hilo de voz, incapaz de procesar lo que estaba viendo. Ella se acercó a la ventana, sus ojos abiertos de par en par, y asintió sin decir una palabra. Era como si el mismo cielo estuviera trazando a la serpiente con las nubes y la luz de los relámpagos. Su cuerpo se ondulaba, como si estuviera viva, y su cabeza se alzaba directamente sobre el cerro del Veladero.
La serpiente no se movía con lentitud. En un instante, se lanzó hacia el cerro, como si la gravedad misma la jalara hacia la tierra. La vimos descender rápidamente, y justo antes de llegar al suelo, su cuerpo se desvaneció en una lluvia torrencial. Como si las nubes que la formaban se hubieran convertido en agua pura. Fue una visión aterradora, pero no podíamos apartar la mirada. El agua que caía del cielo comenzó a arrastrarse por las laderas del Veladero, como si la serpiente hubiera tomado forma de río, inundando todo a su paso.
“Dios mío”, susurró mi madre, apretando mis brazos con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en mi piel. El agua no solo caía, se movía, como si tuviera vida propia. Las calles de la colonia, siempre tranquilas, se transformaron en torrentes furiosos. Los caminos que rodeaban el cerro comenzaron a llenarse de agua en cuestión de minutos, y el ruido ensordecedor del viento solo hacía que todo fuera más aterrador. Nos pusimos a rezar juntos en ese momento.
Los vientos huracanados empezaron y, junto con la lluvia, destrozaron todo a su paso. Los vecinos gritaban desde sus casas, pidiendo ayuda, pero nosotros solo podíamos observar, paralizados por lo que habíamos presenciado. No podíamos hacer nada debido a que todo lo que estaba ocurriendo era algo indescriptible, algo que genera un terror y la sensación de que pierdes la vida.
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Al amanecer, cuando el huracán finalmente pasó, nos aventuramos a salir. Las calles estaban llenas de piedras de todos los tamaños, de tierra y el agua seguía corriendo por las laderas del Veladero. Nadie más parecía haber visto lo que nosotros vimos, o tal vez no querían hablar de ello. Pero para mi madre y para mí, la imagen de esa serpiente bajando del cielo se quedó grabada en nuestras mentes.
Desde entonces, he escuchado rumores. Hay otros que dicen haber visto algo similar esa noche, pero nadie lo menciona abiertamente; he leído en grupos de Facebook que algo similar sucedió en el huracán Paulina. Tal vez las personas temen lo que significa y tal vez prefieren no recordar el terror que vivimos. Pero yo lo sé. Aquella serpiente no era solo una visión. Era una advertencia. Y desde entonces, he sentido que algo ha cambiado en este lugar. Algo antiguo ha despertado, y su presencia sigue acechando en las sombras del Veladero.





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